Las verdades espirituales, absolutamente, son leyes. Y como tales, se cumplen inexorablemente: ni el desconocimiento de estas leyes eximen de su cumplimiento, ni la increencia, ni el desapego o la radical repugnancia intelectual que nos produjese la aparente irracionalidad de estas, nos librará de ellas.
Son como la “ley de la gravedad”: si se cree en ella o no carece de importancia porque, si me lanzo al vacío, el castañazo que me daré será colosal. Ahora bien: me diréis que tampoco me ayudará demasiado si, mientras caigo, soy capaz de calcular la aceleración en caída libre y el momento y potencia cinética del impacto…
Vale. Es una verdad que hay muchas personas que bordean el precipicio, incluso sobreviven a una caída, habiéndose saltado a Newton en la secundaria, y les ha bastado con el sentido común. Eso también ocurre con nuestro mundo interior y su reflejo exterior (nuestra vida). Podemos, por ejemplo, llevar una vida mentalmente sana y supuestamente feliz, sin prestar atención a nuestra vida interior más allá de echar, de vez en cuando, un vistazo a nuestro propio ombligo. A veces, a este acto de autoerotismo mental, le llamo introspección, reflexión o cualquier término bonito, y ya quedo satisfecho con mi ego convenientemente enlucido con este “barniz espiritual”, que da brillo a mi interesante personalidad…
No. Volviendo al ejemplo de Newton y sus leyes, su conocimiento no me va a salvar de una eventual “despatarrada” en la calle, ni de la caída en un precipicio, ni de la posibilidad de que me impacte un meteorito. Aunque las tres podrían ser calculadas con precisión, lo cual tiene su gracia…
Pero las mismas ecuaciones que me permiten anticipar el desastre, me permiten calcular con exactitud que energía necesitaré para levantarme, o la cantidad de combustible que necesitaré para llegar al cielo. De paso, para desviar el jodido meteorito… Quizás para calcular la fuerza necesaria de la patada en el culo que necesitamos, a veces, para saltar por encima de la muralla de nuestro ego.
¿Puedo vivir sin el conocimiento de estas leyes? Si, si confío mi deambular por la vida al puro azar: si, si me conformo con la vida que me ofrece “este mundo”, si me resigno a nacer, crecer, reproducirme y morir, habiendo atesorado algunas experiencias agradables en el camino. Pero no, si lo que deseo en lo más profundo, es volar a las estrellas...
No hay comentarios:
Publicar un comentario