domingo, 17 de marzo de 2019

¿Habrá alguien ahí? ¿Cómo será? ¿Qué le animará en su vida? ¿Que grandezas y miserias guardará en su alma?

Me preguntaba yo estas cosas, bien entrado el día, mientras el aroma de la cocción de una coliflor inundaba la casa y yo peleaba  con una dorada, que me mordía a traición después de muerta. Si os preguntáis como pude acabar con el dedo aprisionado entre los dientes de una dorada bien muerta, os advierto que compartimos la curiosidad. Pero, ¡Tengo tanta curiosidad para compartir!



Por eso me fascina pensar en "que hay" al otro lado de cualquier hilo de comunicación. Sobre todo, en este tipo de medios, en dónde el emisor emite "como voz que clama en el desierto"; como un mensaje en la botella; como una llamada en lo profundo del bosque, quedándome  en silencio después, a la espera de una lejana voz de respuesta.

Yo mismo fui un día voz lejana, expectante, llamada desesperada a veces. De llamada disfrazada de chiste fácil, de comentario mordaz o de descreimiento absoluto. Llamada que, en apariencia ácida y picantona, no resultaba más que agria y amarga. A veces, mis palabras tenían un gusto dulce y daban calidez al estómago. ¡Apariencia otra vez! Porque eran palabras que pretendían ser "el librito". Un remedo del "librito"  terrible que, al devorarlo, "será dulce al paladar pero te amargará en el estómago".  Un librito que terminó siendo http://El cajón de las palabras usadas  en dónde volcaba las palabras que ya no servían, desgastadas por el mal uso, vacías ya de alma...

Todos deseamos componer nuestro librito. Ese manual universal que es la solución a todos los males de este mundo. Y digo todos: unos por amor a la humanidad, otros por egolatría suprema. Si queremos comprobarlo, prestemos atención en cualquier tertulia de taberna, y comprobaremos que todos tenemos la solución para todos los problemas. O eso creemos cuándo se nos sube el ego o la tasa de alcoholemia.
Yo no. Yo sólo voy encontrando algunas soluciones para eso que se llama José Antonio Pérez. Bueno, y para lo de la coliflor también, porque he descubierto que el olor se evita muy fácilmente con un chorrito de limón o vinagre. Lo del ataque de las doradas zombis, creedme, sigue siendo un misterio para mí...

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